Camino entre el calor nocturno que adorna la blanca y negra avenida que me lleva hacia el lugar donde se encarcelan mis sueños.
Una vez arriba, en el tercero, cruzo el umbral y mi mente ha de cerrarse para dejar paso al cajón que se llena poco a poco con los pensamientos que a ella le matan. Adoro verla esperando, en su sillón. Pero, lo cierto es que temo las noches en las que, no son pocas, la melancolía la atrapa.
Y aunque me dobla la edad, logra que pueda llegar a sentirme, en ocasiones, la adulta de las dos. Quizás sea porque busque en mí el pozo de sabiduría que consiga ofrecerle la razón absoluta y la solución definitiva. Quizás por eso, me sienta obligada a no reivindicar más hogar que el que se encuentre a su lado.
Pero la verdad es que la observo y me tienta pensar que pueda ser el mismo camino que se atraviesa frente a mí; un destino inconfesable que se antoja ya, caprichoso.
O tal vez, no sea eso.