Arriba, en el tecero.

Camino entre el calor nocturno que adorna la blanca y negra avenida que me lleva hacia el lugar donde se encarcelan mis sueños.

Una vez arriba, en el tercero, cruzo el umbral y mi mente ha de cerrarse para dejar paso al cajón que se llena poco a poco con los pensamientos que a ella le matan. Adoro verla esperando, en su sillón. Pero, lo cierto es que temo las noches en las que, no son pocas, la melancolía la atrapa.

Y aunque me dobla la edad, logra que pueda llegar a sentirme, en ocasiones, la adulta de las dos. Quizás sea porque busque en mí el pozo de sabiduría que consiga ofrecerle la razón absoluta y la solución definitiva. Quizás por eso, me sienta obligada a no reivindicar más hogar que el que se encuentre a su lado.

Pero la verdad es que la observo y me tienta pensar que pueda ser el mismo camino que se atraviesa frente a mí; un destino inconfesable que se antoja ya, caprichoso.

O tal vez, no sea eso.


Arena y rencor

Miradas desafiantes, atrevidas, obscenas, tristes, encubiertas. Miradas amables, miradas ilusionadas, agradables, sinceras, esperanzadoras. Delirantes, como aquella que me contemplaba en una solitaria noche de aeropuerto.

Desde el momento en el que se volvió ocre la tierra que vislumbraban mis ojos, el latido de mi corazón se volvió pausado. “Ustedes tienen el reloj, nosotros tenemos el tiempo”. Y así fue.

Nuestros cronómetros quedaron obsoletos y sin caer en la cuenta, nos adaptamos al paso tranquilo de la familia de dromedarios que atravesaba el camino. Las señales de tráfico se disolvieron y en su lugar, aparecieron cuervos, preparados para actuar en el momento más inesperado. Cabalgando sobre un viejo Land Rover sevillano, que no pasaba la ITV desde el 2007, y en cuyo maletero, caben cinco niños alborotando en un idioma incomprensible.

Dormir está sobrevalorado cuando el cielo se vuelve una manta de estrellas y los días, hornos solares. La angosta arena que recorre cada poro de mi cuerpo en una tarde de siroco es capaz de hacer olvidar las más duras costumbres que dominan la vida en el desierto. La plata y el agua se envuelven en un solo elemento, convirtiéndose en un lujo absoluto.

La lucha insaciable, el sentimiento de unión, la guerra encubierta y la paz invisible se mezclan entre palabras que sobrevuelan campamentos de miles de nómadas que vagan con la única misión de la revancha.

Aquí, lo siento, no huele a esperanza, huele a rencor.


Tocaste hueso

Cuando te encuentras con una persona que de repente, enciende tu motor, el mecanismo se pone en marcha. La vida emprende un nuevo camino que se abre sin consentimiento previo y el corazón se acelera de tal forma, que el mundo se queda mudo; el único sonido que se transmite es el del aire que es capaz de pasar entre tú y yo cuando nos fundimos en una pieza.

Pero lo cierto es que no existen las rutas fáciles, y yo, como es costumbre, he elegido la vía más añeja.Porque yo también necesito de ese hueco que define mi coherencia. Necesito de mis días para controlar lo que está sucediendo en mi mente, hacer un chequeo y formatear mis ideas. Mi papelera de reciclaje no está tan lejos como me gustaría, y los destellos de esta vida que me está sacando dequicio, se han convertido en un decorado sútil.

No somos tan diferentes.

Te he elegido de entre todas mis dudas, he apostado por arriesgarme hasta la última gota de sudor y no estoy dispuesta a bajarme de este tren que comienza a tomar velocidad. Cuando yo me subo a este trote, no hay quién me pare. Conmigo tocaste hueso.


29

La crueldad que tienen las horas es que te recuerdan, perfectamente, el tiempo que transcurre. Simple y directo. Y en un día como el de hoy, ese tiempo, dicen, no existe.

Porque lo que acontece durante esta especial jornada, se pierde en el olvido a lo largo de varios años. La magia que, por lo visto, envuelve tal día, es capaz de obrar los mayores milagros. De ello hablan leyendas y ancianas que sólo respiran tradiciones.

Pues bien, yo he pasado este miércoles milagroso tratando de descifrar en qué se convirtió esta vida que a duras penas, voy llevando. Intentando, sin éxito, y como viene siendo tradición, buscar de entre todas las razones, alguna lo suficientemente aceptable para llevar como bandera de estos 365 días que he vivido como un pirata. Con calaveras como estandarte, con fantasmas que me visitan cada noche en mis pocas horas de sueño. Sin más batalla que la que se desata en mi cabeza

Ya ves, un 29 de febrero que bien podría desvelarse cada año, pues el único milagro que ha conseguido es que tenga que seguir soñando.


27 velas

A la tarta que esta mañana sin darme cuenta, he hecho, voy a ponerle veintisiete velas.

Tengo que soplar lo suficientemente fuerte para que todo el aire de mis pulmones llegue a donde quiera que hoy celebres este amargo cumpleaños.


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.